Mi parto - Welcome Miss Júlia!

March 9, 2019

Al ver que mi embarazo se iba prolongando y no había indicios de parto, decidieron darme fecha para provocármelo.

El domingo 16 de junio de 2013 fue el día elegido por los médicos. Estaría de 42+1.

 

Por lo general cuando tienes ya una fecha límite los nervios son tremendos. Nervios por el miedo al parto, miedo al dolor, miedo a la nueva vida... Y nervios porque al fin tendrás a tu bebé en tus brazos.

En mi caso, sólo tuve nervios por las ganas de tener a mi niña conmigo; ¿Cómo será? ¿Estará completamente sana? ¿El parto irá bien, sin dificultades para mi hija? ¿Se parecerá a mí o a él? ¿De qué color serán sus ojos? ¿Será rubia o morena?... ¡menudas ganas de conocer a nuestra hija!

Sin embargo, pese a los nervios, pude dormir bien y descansar toda la noche.

Y, al fin, llegó el 16 de junio.

 

Pasamos el día un poco inquietos sabiendo que poco a poco se iba acercando la hora de ir al hospital y, por tanto, la hora de conocer a nuestra pequeña. Acabamos de preparar nuestra maleta y a eso de las 16:30h de la tarde nos pusimos en marcha.

 

Cuando llegamos al hospital fuimos a la planta a pedir mi ingreso. Después nos mandaron a una sala de espera, al lado de los paritorios. Mis nervios iban cada vez en aumento... 

Esperamos unos minutos y me llamaron para que fuera a uno de los box. Me dieron dos bolsas para poner mi ropa y zapatos. Me hicieron quitarme los anillos, pulseras, pendientes -incluso el piercing del labio-, el reloj... me dieron una bata con la parte de atrás descubierta y unos patucos verdes de lo más molón. Me estiré en la camilla para que me pusieran la vía y me enchufaran los monitores para controlar los latidos de Júlia, además de las contracciones -que tuve unas cuantas, sin dolor-.

Al hacerme el tacto me comentaron que tenía el cuello del útero borrado y estaba dilatada de 2cm así que, como había tenido varias contracciones y parecía que eran efectivas, me subirían a la habitación para ver si me ponía yo sola de parto. En caso contrario, vendrían a buscarme sobre las 7h de la mañana para provocármelo.

Así que nada, ¡para la habitación! 

Vino el camillero con una silla de ruedas a por mí. Me quedé mirándolo extrañada y le dije que no hacía falta, que podía ir andando.  

Diego -el futuro papá-, subió a la habitación por la parte "externa" del hospital y cuando llegué, acompañada por el camillero, él ya se encontraba en ella. 

 

 

 

Pasamos el resto de la tarde y parte de la noche muy tranquilos. Cené y nos pusimos a ver la televisión. Había tenido varias contracciones sin dolor, así que nos relajamos viendo la tele y nos dispusimos a dormir.

A la 1:00h de la madrugada, mientras veíamos "el cuarto milenio", avisé a Diego porque tuve una contracción con dolor. No era un dolor fuerte, era como cuando tenía el periodo. Pero algo tendría que significar, ¿no?

Poco después tuve otra contracción, también con el mismo dolor. Así que Diego sacó el teléfono móvil y se puso a controlar, puesto que podía tratarse de una falsa alarma.

A partir de ahí tuve contracciones cada 2-3 minutos, con una duración aproximada de 1 minuto cada una. Pero decidí esperar, pues tenía asumido que debía estar así al menos 1 hora para que se tratara del parto real.

 

A la 1:30h tuve que ir al baño. Vi que había expulsado el tapón mucoso y también un poco de sangre. Mis nervios se dispararon y avisé a las enfermeras.

Vino la comadrona con el doppler para controlar a Júlia y me hizo un tacto. Estaba dilatada de 3cm y me dijo que estaba de parto, pero como mi intención era tener un parto natural podía quedarme en la habitación si lo deseaba. Ella vendría cada vez que lo necesitara pero, como los partos suelen ser largos, si no la había llamado antes se pasaría a eso de las 5h de la mañana para ver cómo evolucionaba.

Me ofreció la pelota para ayudarme con las contracciones -a lo que acepté encantada- y me recomendó que me diera duchas de agua caliente. También podía bajar a las bañeras si lo deseaba.

 

Las contracciones eran más dolorosas cada vez, pero podía soportarlo. La pelota me ayudó mucho aunque llegó un momento en el que ya estaba demasiado incómoda en ella. 

Iba de aquí para allá en la habitación. Me tumbaba en la cama, me ponía de pie apoyándome en ella, usaba la pelota, iba al baño cada dos por tres... francamente, lo llevé muchísimo mejor de lo que me esperaba.

 

A eso de las 3h de la mañana los dolores eran ya muy, muy fuertes. Pensé que con el poco rato que había pasado estaría dilatada de 1cm más como mucho, así que hablé con Diego y pensé en abandonar mi idea de parto natural y pedir la epidural.

Llamamos a la comadrona para que me explorara de nuevo. Estaba dilatada de 6cm. "¡6cm!" -pensé-. "Puedo estar así unas cuántas horas más".

¡Já! En ese momento me vino una contracción... ...y le pedí a la comadrona que me pusiera la epidural.

 

Entre pitos y flautas serían más de las 3:30h cuando vino el camillero a por mí para llevarme al paritorio. Esta vez me subí a la silla de ruedas sin rechistar, después de pasar la contracción que tuve en ese momento. 

Diego, como la vez anterior, debía ir por la parte externa del hospital, cosa que odié profundamente en mi fuero interno.

 

Sorprendentemente, no tuve ninguna contracción durante el corto trayecto de mi habitación al paritorio, cosa que me alegró enormemente. No querría preocupar a mi amable camillero viendo cómo me retorcía de dolor, ¡jajaja!

 

Llegamos al paritorio y allí no estaba Diego -normal puesto que se tarda más en ir por fuera, ¡pero yo quería que estuviera esperándome!-.

Y allí estaba yo, sentada en mi silla de ruedas felizmente sin contracciones mientras veía a unas enfermeras junto con la comadrona moviéndose de aquí para allá preparando mi camilla y todo el instrumental, cuando me ofrecen amablemente que me levante de mi silla. Acepté aunque por dentro me cagara en todo lo que se me pasara por la cabeza en aquél momento, ¡estaba muy cómoda!

Al levantarme noté una presión desconocida en mi pelvis acompañada por unas ganas terribles de empujar. Bien, más que ganas, es que mi cuerpo empujaba por sí solo sin que pudiera controlarlo. 

Viendo eso, me acerqué como pude a la camilla y me quedé de pie apoyada en ella. Avisé a la comadrona con voz temblorosa, pues eso no era normal estando de 6cm. Ella me miró, con el semblante totalmente tranquilo, y me dijo con voz dulce y amable que empujara si lo necesitaba, no pasaba nada. 

Yo no sé cuál sería mi cara en ese momento, pero pensé que estaba loca si de verdad creía que iba a empujar. O, bueno, empujar "voluntariamente" al menos. Notaba a mi hija perfectamente y, si empujaba, ¡tal cual estaba daría a luz! Así que no, no iba a empujar sin mi marido allí, ni monitores que controlaran a mi bebé. Ni siquiera la comadrona estaba prestándome atención realmente.

Supongo que la chica leyó todo eso en mi cara, puesto que acto seguido se puso algo tensa y me hizo un tacto. Pues bien, ¡estaba completamente dilatada! Me miró y me lo soltó. Me preguntó si aguantaba para ponerme la epidural o si prefería tener el parto natural como estaba previsto -algo que no entendí puesto que se supone que estando dilatada de 10cm ya no se puede poner-. 

Le contesté como pude que no quería epidural, ya que si había pensado en ponérmela era porque no iba a aguantar aquel dolor insoportable varias horas más. 

En ese momento la comadrona salió disparada de la habitación y empezó a entrar más gente. No lo recuerdo muy bien ya que estaba inmersa en mis pensamientos; Estaba completamente dilatada, de parto. Diego no estaba allí, ¡se perdería el nacimiento de su hija! Además me di cuenta de que el dolor había cambiado. Dolía, sí, pero ya no era el dolor insoportable de la dilatación. Sentía la presión de mi hija en mis genitales y trasero, la sentía perfectamente. Pujé tímidamente para tantear la situación cuando me vino la siguiente contracción y aprecié que me aliviaba muchísimo el dolor.

Era extraño. Agradable pero a la vez molesto ya que sentía que la cabeza de mi hija era demasiado grande para que pasara por mi vagina. Notaba perfectamente como se me estiraba la piel a medida que mi hija se deslizaba lentamente por el canal, y pegué un pequeño respingo.

En ese momento rompí aguas pero no fui muy consciente de ello, así que ni miré el color ni nada de eso. Seguía inmersa en mis pensamientos, apreciando todo lo que sentía en mi cuerpo. Tenía las piernas empapadas.

 

Noté la mano de alguien en mi espalda y pegué otro pequeño respingo. Intentaban ponerme el doppler en la tripa para oír los latidos de mi hija. La comadrona estaba allí conmigo y me volvió a hacer un tacto. Me dijo que pusiera mi mano donde la tenía ella y así tocaría la cabeza de mi hija. 

Pese a la situación, estaba como si todo aquello no fuera conmigo. Como si fuese un sueño, no sé, algo raro. 

Pero ahí estaba, pude tocar la cabeza de mi hija con mis dedos y en ese momento empecé a sentir que todo era real.

Miré a mi lado y allí estaba Diego. Acababa de llegar y me estaba diciendo algo como que no le dio tiempo a ponerse los patucos y le dieron unos gorros de esos verdes para los pies. Sonreí y me relajé; Júlia ya podía nacer.

 

En la posición en la que estaba no conseguían encontrarle el latido a la niña, así que me pidieron que me subiera a la camilla y después podría volver a ponerme como más cómoda me encontrara.

Al subir una pierna a la camilla note más presión aún y noté como un "crack". Júlia ya estaba allí.

Me hicieron subir más "rápidamente" y enseguida me puse a pujar. 

Mi chiquitina habría nacido en ese momento si no hubiera sido por el miedo que me entró de repente.

Sentía que me iba a romper. No era "natural" que una cabeza de ese tamaño pasara por mi vagina. Noté mucha tensión ahí adentro así que pujaba tímidamente, con miedo. Varios pujos así hasta que al fin pensé que era una cobarde. ¡Mi hija tenía que nacer así que debía pujar con todas mis fuerzas!

Un par de pujos fuertes y la cabeza de mi hija ya estaba fuera.

Me dijeron que dejara de pujar puesto que en ese momento la niña se estaba girando. Me di cuenta de que no tenía contracciones ya, pujaba por instinto.

Un pujo más y mi hija estaba sobre mi pecho.

 

Lloré de felicidad mientras miraba a mi hija. No era del todo consciente de que aquel bebé llorón, rosa y calentito fuera mi hija, pero ya la amaba más que a cualquier cosa de este mundo. 

Miré a Diego y él sonreía. Ya éramos una familia.

 

Poco después cogieron a mi hija de mi pecho para limpiarla, pesarla y la pusieron en una especie de cuna con una lámpara de calor. Diego debía ponerle el gorrito y el pañal, pero no sabía muy bien cómo hacerlo y se quedó allí con ella, mientras Júlia lloraba desconsoladamente.

Yo los miraba mientras esperaba a que mi cuerpo expulsara la placenta. Creo que pasó como media hora, no lo recuerdo bien.

Tenía unos cuántos loqueos y cuando salieron todos empezaron a suturarme, me desgarré un poco por fuera y por dentro. Me pincharon anestesia local y me molestó un poco, pero después de haber dado a luz eso no fue nada.

 

Mientras me suturaban me devolvieron a mi hija y poco a poco iba haciéndome a la idea de que ese bebé era mío.

Mi hija.

Mi Júlia. 

 

Júlia L.C.

17 de junio de 2013, a las 04:30h.

Midió 51,5cm y pesó 3080gr.

 

 

 

 

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