Welcome baby Irati! 💕

May 15, 2019

5 de mayo de 2019

 

Nos levantamos y empezamos a prepararnos para ir al festival de danza de mis chicas mayores. 

Como ya era mi rutina habitual durante las últimas semanas, me tomé la presión arterial tres veces distintas durante la mañana: todas eran muy altas.

¡Cambio de planes! Diego llamó a sus padres para que se quedaran con las niñas y nos fuimos de urgencias.

Entre pitos y flautas, llegamos al hospital sobre las 12h del mediodía y poquito después me encontraba en un box, con los monitores controlando los latidos de Irati y mis contracciones, y el tensiómetro puesto, tomándome la presión cada 10 minutos.

La presión sistólica me daba entre 130 y 145, y la diastólica no bajó de 105.

Analizaron mi orina y no hubo dudas: tenía preeclampsia.

Me explicaron que la preeclampsia no iba a mejorar, sino que empeoraría. Y que al estar ya de 38 semanas preferían no arriesgar así que me quedaría ingresada ya e inducirían el parto.

 

 

A las 13:30h me trajeron el camisón del hospital y me introdujeron el propess. Este es una especie de tampón que se introduce en la vagina, contiene prostaglandinas y ayuda a que el cérvix se borre poco a poco, y también ayuda a dilatar. El siguiente paso sería la oxitocina.

Me pusieron una vía y, de nuevo, los monitores para controlar a la bebé y mis contracciones.

Alrededor de las 15h de la tarde me trajeron la comida (¡estaba muerta de hambre!) y me quitaron los monitores. Me dijeron que estaban preparando mi habitación, y que a finales de la tarde me visitarían para ver qué tal iba evolucionando. Pero que si tenía contracciones, sangrado o cualquier otro síntoma, avisara de seguida a las enfermeras.

 

La tarde transcurrió sin muchas novedades. Nos instalamos en la habitación, y charlamos sobre lo rápido que había ido el embarazo. 

Tuve muchas contracciones de Braxton Hicks, pero ninguna contracción de parto.

No negaré que me sentí un poquito culpable por no dejar que mi bebé naciera cuando ella estuviese preparada. También me di cuenta de que no disfruté este embarazo igual que los anteriores... pero en breve tendría a mi pequeñita en brazos, y me podía la ilusión.

 

 

 

Sobre las 19:20h de la tarde aprecié que las contracciones de BH habían cambiado un poco, sentía más presión en la zona de la pelvis pero no llegaban a ser dolorosas.

A las 20h me trajeron la cena y, mientras cenaba, las contracciones fueron más intensas. Seguían sin doler ni un poquito, pero sí eran molestas y sentía mucha presión. 

Empezamos a controlar las contracciones y las tenía a intervalos de 2 minutos, y me duraban entre 40 y 50 segundos cada una.

Aunque no dolían, avisé a las enfermeras puesto que vi que la cosa empezaba a animarse y me dijeron que las avisase si sentía cualquier cambio.

Decidieron bajarme a paritorio y ponerme los monitores para ver qué tal iba avanzando la cosa. Eran las 21h, entonces conocí a la comadrona que me acompañaría en el parto (Sandra, un Sol de chica!) me hizo un tacto, estaba de 1cm amplio y el cuello estaba casi borrado. ¡Todavía faltaba mucho camino que recorrer! 

 

 

 

Justo entonces las contracciones empezaron a doler un poco. Seguía teniéndolas a intervalos muy seguidos, pero la intensidad de cada contracción variaba.

Sandra me dijo que la avisara si sentía que las contracciones empezaban a ser de la misma intensidad, independientemente del intervalo que hubiera entre ellas.

Alrededor de las 21:40h el dolor de las contracciones ya empezaba a ser “interesante”, y esto hacía que me sintiera muy incómoda tumbada en la camilla. Avisé a Sandra para ver si podía sacarme los monitores y así poder moverme libremente por el paritorio, ya que el dolor se soporta mucho mejor andando. Me los quitó y me hizo un tacto: cuello borrado y 3cm de dilatación.
La avisé que mis partos eran rápidos y que me gustaría ir a la sala de parto natural si fuera posible. Me dijo que la prepararían y que, mientras, me mandarían a mi habitación ya que “todavía me quedaba”.

Cuando me incorporé de la camilla para ir al baño, sentí que perdía sangre. Sandra me dijo que era normal debido al tacto…

Fui al baño y dejé rastro de sangre por todo el suelo y en la taza. Al hacer pis cayó algo, intuía que el propess, junto con bastante sangre más por lo que no pude ver qué era. 

Avisamos a Sandra y me dijo que esto se debía a que estaba dilatando muy rápido. También me comentó que la sala de parto natural estaba casi lista, y que en lugar de subirme a mi habitación iría a la sala directamente.

 

Alrededor de las 22h llegué a la sala de parto natural por mi propio pie ya que estaba cerca del paritorio donde me encontraba. 

¡No me lo podía creer! A la tercera iba la vencida. Con Júlia y Siena también la pedí, pero ambas ocasiones estuvo ocupada.

La sala era preciosa: luz tenue, amplia bañera para dilatar, una camilla, monitores inalámbricos, pelota, silla en forma de C para dar a luz… ¡había muchas cosas! 

En aquel momento me tumbé en la camilla para que Sandra me hiciera otro tacto. Estaba de 4cm amplios y, efectivamente, había perdido el propess. 

Me invitó a escuchar música si lo deseaba mientras ella me preparaba la bañera -estaba escrito en mi plan de parto que deseaba dilatar en ella-. Así que usamos la lista de reproducción que habíamos preparado semanas atrás para este momento.

Me senté en la pelota mientras la bañera se llenaba, y las contracciones ya eran cada minuto y medio, aproximadamente, y dolían. Dolían mucho.

Sandra salió de la sala unos minutos y cuando volvió me dijo que el grifo de la bañera estaba estropeado y no podía llenarla… me dio pena, pero la verdad es que como no dejaba de sangrar, no sé si me habría sentido muy cómoda en ella.

Me ofreció sacos de agua caliente para la espalda y el bajo vientre, acepté encantada. La verdad es que resultaron muy cómodos y ayudaban con el dolor, pero luego me los ató con las correas de los monitores, y éstas se me clavaban en la barriga por lo que me resultó muy incómodo. Finalmente me las quité.

Me quedé de pie soportando las contracciones, ya que en la pelota empecé a sentirme incómoda.

Sandra me ofreció una colchoneta para que pudiera tumbarme de rodillas, que por lo visto tener la barriga “en el aire” ayuda a controlar el dolor. Acepté y me lo preparó todo junto con un matrón, del cual no recuerdo el nombre. Cuando estuvo listo y pasó la contracción que tenía en ese momento, Sandra me indicó cómo debía colocarme y, después de pasar la siguiente contracción en esa posición, aprecié que no me resultó nada cómodo así que decidí volver a ponerme de pie. ¡Me supo tan mal que lo prepararan todo para nada! 

Poco después me ofreció sentarme en la silla con forma de C, Diego debía sentarme detrás mío y sujetarme la espalda. Acepté, puesto que en el plan de parto indiqué que me habría gustado usarla para el expulsivo.

Pasé varias contracciones en la C. No me resultó incómoda, pero sí me supo mal por Diego, ya que en cada contracción que tenía me agarraba a su cuello con fuerza mientras me retorcía… ¡pobrecito mío! 

Me dieron compresas de agua fría para la frente, pecho y espalda puesto que mi señor marido es una estufa en forma humana y me estaba asando de calor, ¡jajaja!

Recuerdo bromear entre contracción y contracción. El dolor es muy intenso, pero en cuanto la contracción desaparece es increíble como todo malestar se va con ella -aunque la tregua dure apenas unos segundos-.

Sandra usó un monitor para controlar los latidos de Irati. Estuvo varias contracciones con él, hasta que a este se le terminaron las pilas. Entonces usó uno de los monitores inalámbricos de los que disponía la sala de partos, pero no lograba escucharla bien así que me pidió que me tumbara un poquito en la camilla -algo que odié profundamente en mi fuero interno, pero todo sea por mi chiquitina-.

Una vez ya en la camilla pudo escuchar bien el corazón de Irati. Parece ser que había algún tipo de problema, aunque ella nunca me dijo nada. Pero me hizo un tacto, me dijo que estaba de 9cm y que podía empezar a pujar en la siguiente contracción. Le dije que no sentía ganas todavía, pero ella me dijo que Irati estaba muy arriba y que si lo hacía, iría descendiendo por el canal. Así que le hice caso y en cada contracción fui pujando, aunque sin que mi cuerpo me lo pidiera todavía.

Estuvimos un rato así, quizá 4 o 5 contracciones, y le pedí ponerme de pie de nuevo ya que el dolor me resultaba insoportable tumbada en la camilla. Ella accedió y todos nos movilizamos.

Diego se puso delante mío sujetándome los brazos, igual que yo a él. Sandra se puso detrás mío agachada con el monitor que controlaba los latidos de la bebé en mi barriga. Yo pujé las siguientes dos contracciones que vinieron, y en la tercera rompí la bolsa dejándome empapada. 

Todo fue demasiado rápido a partir de entonces; Irati descendió por el canal rápidamente, justo al romper la bolsa. Yo empecé a pujar con todas mis fuerzas, mi cuerpo lo hacía solo de hecho. Gemía y me retorcía: ¡Irati estaba aquí! Sandra me pidió si podía sentarme en la C, lo cual suponía retroceder un par de pasos, pero yo no pude. Mi hija ya estaba aquí. Al pujar tan fuerte, su cabecita salió al mundo en esa contracción.

Ella me acercó la silla para que yo no tuviera que moverme, y justo al hacer el gesto de sentarme, pujé de nuevo e Irati salió entera. Sandra se encontraba detrás mío, sujetándole la cabeza por lo que pudo cogerla con facilidad, pero fue todo tan rápido que todos se quedaron boquiabiertos. Yo no pude parar de repetir “¡ya está aquí, ya está aquí mi chiquitina!” entre sollozos. No podía creer que ya estuviera aquí, ¡fue tan rápido que no me lo esperaba!

Sandra me pasó a mi bebé por debajo de mis piernas, y yo la sujeté incrédula. ¡Irati ya estaba aquí! ¿Cómo pudo ir todo tan deprisa? No me podía creer que ya la tuviera en brazos. La miré y lloré, Diego estaba emocionado. 

Poco después me tumbé en la camilla para alumbrar la placenta y que Sandra pudiera explorarme. Hicimos el pinzamiento del cordón tardío. Es decir, hasta que éste dejó de latir no lo pinzaron. Mientras tanto Irati estaba encima de mi pecho desnudita, hacíamos el piel con piel mientras nos conocíamos los tres. ¡Qué momento tan bonito y emotivo! 

 

Irati L.C.

05 de Mayo de 2019 a las 23:34h.

2,910kg y 50cm

 

 

 

 

 

-Complicaciones-

 

Mientras esperábamos a que mi cuerpo alumbrara la placenta, charlábamos sobre lo rápido que fue todo. Nadie se esperara que Irati naciera en ese momento, así que nos pilló a todos desprevenidos. 

Sandra tuvo que suturarme una vez ya salió la placenta puesto que me había desgarrado, y me hizo varios masajes en el útero para ayudar a expulsar coágulos y sangre. Como tenía bastantes coágulos en el útero, me comentó que lo ideal sería ponerme oxitocina para ayudar a expulsarlos todos y que el útero se contrajera, así que accedí.

Una vez ya todo estabilizado, nos dejaron solos a los tres en la sala de parto natural. Pasamos un buen rato allí, quizá una hora u hora y media, conociéndonos los tres. ¡Es un momento tan maravilloso!

 

Al subirnos a la habitación, las enfermeras me dijeron que debía hacer pis. Me traerían una cuña o, si lo prefería, podía ir al baño por mi propio pie. Como en mis anteriores partos, opté por la segunda opción. Jamás imaginé lo que vendría después de aquella decisión.

Ir al baño no me fue ninguna tarea difícil, puesto que al haber tenido a la niña sin anestesia epidural podía moverme sola y sin ayuda. Lo malo vino cuando me senté en la taza. Empezaron a caer montones de coágulos y muchísima sangre; noté que perdía la fuerza y la visión. Llamé corriendo a Diego y él apareció a mi lado enseguida. Le pedí que me sujetara porque sentía que me iba… y perdí el conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo es una enfermera con cara de mucha preocupación delante mío, hablándome y diciéndome que mirara hacia arriba, pero la escuchaba muy lejos, como si tuviera los oídos entaponados. Yo intenté hacerle caso, pero me era imposible. Como pude, miré hacia arriba pero, de nuevo, volví a desmayarme.

Yo soñaba, estaba en un sueño. De pronto empiezo a escuchar que alguien me llama a lo lejos… recupero de nuevo la conciencia, y me encuentro tumbada en el suelo, rodeada de mi sangre. Diego me sujetaba las piernas en alto, mientras la misma enfermera de antes me llamaba y me mojaba frente y pecho en alcohol. Los rostros de preocupación de todos eran evidentes. Había una segunda enfermera intentando tomarme la tensión, que la tenía por los suelos.

Después de un rato charlando en esa misma situación, me llevaron a la cama y me trajeron un zumo, yogurt natural con azúcar, galletas y una magdalena para que pudiera recuperarme. Me tomé el zumito, la magdalena y una galleta pero no me encontraba bien. Veía muchas luces parpadeantes y cada vez que me movía un poco, sentía cómo perdía mucha sangre. De repente volví a sentirme débil y mareada, por lo que llamamos de nuevo a las enfermeras. Al ver toda la sangre que estaba perdiendo, llamaron al camillero de forma urgente y me bajaron de nuevo a paritorio.

Allí me esperaban mi comadrona Sandra, una ginecóloga y dos chicas más, pero no recuerdo quiénes eran ni sus nombres. Yo estaba concentrada en las luces del techo y en no perder la conciencia de nuevo. Todas corrían y no dejaban de hacerme cosas. Noté varios pinchazos, me pusieron una segunda vía. También me pincharon en el muslo. Me iban diciendo lo que me estaban haciendo, pero las escuchaba de forma lejana y no recuerdo bien lo que me hacían.

Cuando ya empecé a encontrarme mejor, trajeron un ecógrafo y observaron mi útero. Por lo visto, no se contraía como debía y esto hacía que se llenara de sangre, la sangre que iba perdiendo junto con los coágulos. La ginecóloga no dejó de hacerme masajes circulares en el útero desde que entré en el paritorio, para ayudar a expulsarlo todo. También me hizo tactos para ayudar a expulsar los coágulos. Recuerdo sentir molestias en todo este proceso, pero estaba “tan ida” que no reaccioné.

Por suerte, consiguieron estabilizarme rápidamente, y volví en mí enseguida. ¡Nunca podré agradecerles lo suficiente lo rápido que actuaron! En apenas media hora en el paritorio, ya me encontraba mejor y dejé de sangrar.

Cuando la situación ya estaba controlada y todos reflejaban serenidad y calma en sus rostros, les pedí que avisaran a Diego. El pobre se quedó sólo en la habitación junto con Irati sin saber qué estaría ocurriendo. Minutos después, él apareció por la puerta y nos quedamos, junto con Sandra, alrededor de una hora más en aquella sala. Yo seguía conectada a goteros y tensiómetro. Irati se quedó al cuidado de las enfermeras, que aprovecharon para pesarla, medirla y administrarle la vitamina K.

 

 

 

 

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